Villarreal de Álava: crónica de una incompetencia militar

Carlos A. Pérez
Este artículo apareció en el boletín El Miliciano, nr. 6 (1996)

 

El 1 de octubre de 1996, las Cortes republicanas aprobaban el Estatuto de Autonomía vasco con el que pretendían ganarse de forma defiinitiva para su causa a los nacionalistas vascos. (1) A continuación, el día 7, José Antonio Aguirre juraba su cargo de Lehendakari y se constituía un gobierno vasco. Ante la difícil situación militar, las nuevas autoridades comenzaron a trabajar para levantar un ejército de maniobra que pudiera lanzarse a operaciones de cierta envergadura. Así, siguiendo el ejemplo del gobierno republicano, el día 18 se hizo público el llamamiento a filas de los reemplazos de 1932 a 1935. El 27, se anunciaba la militarización de las milicias y el sometimiento de todas las fuerzas armadas en territorio vasco a la "autoridad superior del Consejo de Defensa de Euzkadi". El 7 de noviembre se creaba el Estado Mayor del Ejército de Euzkadi. Su Jefe era el comandante de ingenieros Alberto Montaud y el Jefe de Operaciones el comandante de infantería Modesto Arambarri. Este mando, en la práctica dual, dependía directamente del Consejero de Defensa del Gobierno Vasco, que era el mismo Lehendakari Aguirre, y tenía bajo su mando a los comandantes de los ocho sectores en los que se dividió el frente.

Al mismo tiempo, el 14 de noviembre, todas las fuerzas republicanas de Asturias, Cantabria y Vizcaya quedaron teóricamente agrupadas en el Ejército del Norte. Para su mando llegó el general Francisco Llano de la Encomienda, quien desde un principio chocó con las ansias autonomistas de las autoridades regionales y en especial, con José Antonio Aguirre. Las fuerzas de cada una de estas provincias se constituyeron en tres cuerpos de ejército, al mando de los cuales continuaron los respectivos consejeros de Defensa.

Aun cuando la autoridad práctica de esta jefatura del Ejército del Norte era prácticamente nula, poco después de llegar, el general Llano de la Encomienda recibió la orden de emprender las acciones necesarias para aliviar la presión nacional sobre Madrid. A tal efecto, dispuso que las tropas asturianas se prepararan para atacar de nuevo Oviedo y las cántabras y las vascas presionasen en sus respectivos frentes. La intención de la ofensiva era muy ambiciosa: se pretendía romper el frente alavés, avanzar siguiendo como eje el ferrocarril Burgos-Irún, hasta una zona en la que pudieran converger con los ejércitos republicanos del Centro y del Este. Los objetivos fundamentales eran por tanto, Vitoria y Miranda de Ebro. De alcanzar estas ciudades, se podrían lanzar ataques desde los frentes aragonés y alcarreño por las demás fuerzas republicanas. Un plan absolutamente quimérico para cualquier buen analista militar que supiese con exactitud la situación de las tropas gubernamentales.

En una junta celebrada en Bilbao y a la que asistieron el lehendakari Aguirre, Leizaola, el comandante Montaud, el Jefe del Estado Mayor del Ejército del Norte capitán Francisco Ciutat  y dos asesores soviéticos, se decidió realizar el ataque en el frente alavés y se fijó la fecha para el 29 de noviembre. Los asistentes a esta reunión estaban convencidos de que la ofensiva alcanzaría su momento crucial en torno a Miranda de Ebro, aun cuando creían erróneamente que las fuerzas enemigas les superaban en una proporción de 1´5 a 1 y su potencia de fuego en un 2 a 1. Para superar estas desventajas confiaban en el efecto sorpresa. El 9 de noviembre se redactó la orden de operaciones.

Por parte santanderina, sus fuerzas actuarían agrupadas en dos columnas. La Primera, al mando del comandante Gállego, avanzaría desde el puerto de Los Tornos por Villasante, Medina de Pomar y Traspaderne hasta Miranda. La Segunda, dirigida por el comandante Puig, debía descender desde el puerto del Escudo, encaminarse también hacia Miranda de Ebro y cruzar este río con objeto de establecer una cabeza de puente en su margen meridional. Desde la línea del Ebro, en una segunda fase se avanzaría sobre las localidades burgalesas de Briviesca, Pancorbo, Sedano y Posadas. Ambas columnas disponían de un total de 19 batallones, 6 piezas de artillería y 12 blindados.

Las tropas vascas se estructuraron en cuatro columnas. La Primera, mandada por el comandante Ibarrola, desplegaba en el flanco izquierdo y tenía como objetivo inicial los montes Maroto, Albertia, Isusquiza y el puerto de Arlabán, para posteriormente envolver Villarreal por el este. La Segunda, dirigida por el teniente coronel Cueto, tenía que dejar atrás el alto de Oqueta, las localidades de Murúa, Nafarrete y Gopegui, hasta sobrepasar por el oeste Villarreal. La Tercera, al mando del comandante Aizpuru, avanzaría por el sector de Murguía hasta cortar la retirada a las tropas enemigas que se replegasen del sector de Villarreal. La Reserva se encontraba al mando del teniente coronel Irezábal. (2)

En los días previos al ataque, se anularon las órdenes para la columna del comandante Aizpuru, por lo que la operación se centró casi exclusivamente en la maniobra sobre la estratégica localidad de Villarreal.

En el lado nacional, el 15 de noviembre, el frente alavés se encontraba dividido en cuatro sectores: el de Murguía con 775 hombres, el de Gopegui con 630, el de Villarreal con 1.001 y el de Ulibarri-Gamboa con 519. (3) En total eran 2.925 hombres en primera línea con otros 1.400 en puestos de retaguardia. Además, en la localidad de Anguiozar, en el frente guipuzcoano del alto Deva, se encontraba el grueso de la columna alavesa del coronel Camilo Alonso Vega. En total eran 1.785 hombres con cuatro baterías de 105 mm.

 

La ofensiva, tomó por sorpresa a los mandos nacionales. No porque no esperasen un ataque enemigo, sino porque creían que se produciría en el sector de Mondragón. La llegada a mediados de noviembre de varios mercantes con armas y municiones al puerto de Bilbao, la concentración de una docena de batallones y de más de treinta aviones en esta capital (4), y el aumento de la actividad republicana en el mencionado sector, había puesto sobre aviso al mando nacional.

Se inició en la madrugada del 30 de noviembre, un día más tarde de la fecha prevista a causa del mal tiempo y de una forma no muy afortunada para los atacantes cuando cinco aparatos nacionales que regresaban de una misión de reconocimiento se toparon con el grueso de la columna Ibarrola que avanzaba por la carretera. El consiguiente bombardeo de la misma bloqueó la carretera.

La columna del teniente coronel Cueto avanzó a través del alto de Oqueta y ocupó los pueblos de Cestafé y Elosu hasta llegar a Villarreal. Aquí ordenó asaltar el pinar de Chavolapea, que situado al nordeste del pueblo, era clave para cortar la carretera de Vitoria. La incapacidad táctica de los dos batallones encargados de tal maniobra (uno nacionalista y el otro comunista) hizo fracasar el asalto con numerosas pérdidas. La columna del comandante Ibarrola tomó el Maroto y presionó hacia el puerto de Arlabán al tiempo que algunas de sus unidades llegaban hasta Villarreal e intentaban asaltarla. Por la mañana, la artillería pesada republicana sometió a esta localidad a un duro bombardeo, preparatorio del asalto que por la tarde llevaron a cabo las tropas vascas, apoyadas por los diferentes blindados.

La reacción de los mandos nacionales consistió en el envío de refuerzos a los sectores de Gopegui y de Ulibarri-Gamboa, así como a Villarreal que en estos momentos centraba los combates más duros. (5) El general Mola se dio cuenta de la amenaza que suponía el inicio de esta ofensiva y unificó los frentes guipuacoano y alavés bajo las órdenes del general Solchaga. Este dispuso la concentración de diferentes unidades en Vitoria.

El día 1 de diciembre presenció encarnizados combates. Tropas de Cueto entraron en Murúa y otras de Ibarrola tomaron el Albertia. Mientras, Villarreal quedó prácticamente aislada al ocupar las fuerzas vascas las alturas que dominan el pueblo desde el sureste y el pinar antes mencionado. En esta ocasión, las dos secciones que lo defendían tuvieron que replegarse ante el irresistible asalto republicano. Durante los tremendos ataques, tres blindados asaltantes fueron puestos fuera de combate por la artillería defensora. Por la noche, un nuevo convoy de municiones, éste con dos piezas de 105 mm, consiguió entrar en Villarreal. Mientras, siguiendo las órdenes de Solchaga, se concentraban en Vitoria diferentes fuerzas. Entre ellas se encuentraba parte de la columna de Alonso Vega, recién llegada del frente guipuzcoano. (6)

Con estas tropas, al día siguiente, el mando nacional organizó tres columnas con efectivos de unas tres compañías cada una, que fueron enviadas a reforzar el flanco izquierdo del dispositivo nacional, entre Gopegui y Villarreal. Concretamente a Nafarrete, la loma de Saimendi y las situadas al este de Cestafé. La resistencia encontrada las impidió avanzar más allá y obligó a permanecer en las posiciones que ocupaban.

Las tropas de Ibarrola siguieron presionando en el valle de Léniz hasta poner bajo el alcance de su artillería la carretera de Arlabán a Modragón. En Villarreal se sucedieron los intentos republicanos por traspasar las defensas nacionales. Durante todo el día se desarrollaronn intensos y sangrientos asaltos que acabaron todos ellos en fracaso para las tropas vascas. Entre los defensores, la munición ligera escaseaba y la de artillería se agotó. Esta situación cambió radicalmente cuando Alonso Vega, al mando de una columna, reconquistó el pinar de Chavolapea y restableció así las comunicaciones con las líneas nacionales. (7)

Estos últimos éxitos nacionales y los continuos fracasos propios ante las posiciones enemigas comenzaron a provocar las primeras desmoralizaciones entre las tropas vascas. El día 3, una Mehala de Tetuán reforzó el sector de Cestafé y la columna de Alonso Vega recuperó las lomas situadas en torno a Nafarrete. Los asaltos sobre Villarreal disminuyeron en intensidad y cantidad aunque persistió el continuo bombardeo. En el sector de la columna de Ibarrola, sus unidades incrementaron la presión sobre el puerto de Arlabán. La consecución de este objetivo supondría el corte de la carretera que a través de Villarreal comunica Vitoria y Mondragón y del ferrocarril Madrid-Miranda de Ebro-Irún.

El día 4, prosiguieron los combates en todo el frente, especialmente en el sector de Gopegui y en el pinar de Chavolapea, aún duramente disputado. Al día siguiente, mientras el tábor V/Reg.Tetuán relevaba a la columna de Alonso Vega en el sector de Gopegui que había estado combatiendo, las unidades que inicialmente habían formado la columna del comandante Aizpuru iniciaron una serie de ataques en su zona de Murguía que finalizaron tres días más tarde, cuando una columna nacional enviada a dicho sector reestableció la situación. (8)

Este mismo día 5, un lehendakari Aguirre desconectado de la evolución real de los acontecimientos en el campo de batalla, enviaba un telegrama al ministro Indalecio Prieto, en el que anunciaba la inmediata captura de Vitoria al tiempo que solicitaba una ofensiva por parte de las tropas republicanas en Aragón que les llevara a contactar con el "Ejército de Euzkadi". A despecho de estas creencias de Aguirre, la intensidad de los combates disminuía en todo el frente a causa del estancamiento de los avances iniciales. Así, el día 8, los nacionales recuperaban diferentes colinas de Saimendi y de en torno a Nafarrete, y el 11 conseguían rectificar en su favor parte de la línea Gopegui-Nafarrete.

Tras estos días de moderados combates, el mando vasco lo volvió a intentar sobre Villarreal el día 12. Un violentísimo bombardeo precedió a nuevos asaltos que a punto estuvieron de lograr su propósito. Tal fue la dureza de la embestida que el teniente coronel Iglesias a punto estuvo de dar la orden de retirada. Pero al final del día, los republicanos volvieron a sus trincheras sin haber conseguido su propósito. Los combates, que en esta jornada también se habían desarrollado en la zona de Nafarrete-Cestafé-Gopegui, decayeron en gran manera en los días sucesivos. Sólo el día 18, volvieron a recrudecerse, especialmente en Villarreal. La presión de las tropas nacionales finalizó los días 23 y 24 con la reconquista de las localidades de Acosta, Elosu y Murúa. Prácticamente reestablecida la línea inicial, se dio por finalizada la ofensiva de Villarreal. (9) Este frente ya no se movería hasta el comienzo de las operaciones nacionales sobre Vizcaya en la primavera de 1937.

Mientras tanto, en el frente burgalés, las tropas cántabras habían iniciado el día 2 sus ataques sobre las localidades de Espinosa de los Monteros y Soncillo. Ambos fueron rechazados. Al día siguiente, en el sector nacional de la columna Sagardía se produjo una incursión que llegó hasta Valdelateja. El día 6, se reproducían los ataques santanderinos sobre Quintana del Prado, Quintanilla y Quisicedo. Como última acción, el día 20, Espinosa de Bricia caía en manos republicanas.

 

La ofensiva vasca sobre Villarreal fue un completo fracaso. Desde un principio, el objetivo era no sólo inalcanzable sino que evidenciaba un gran desconocimiento de la capacidad real de sus tropas por parte de los mandos vascos. Lanzados a la batalla, los batallones vascos no fueron capaces siquiera de traspasar la débil línea nacional pese a la superioridad inicial con que contaron. Carecían de instrucción y sus mandos (de sección, compañía o batallón) de los conocimientos militares mínimos, aunque, por otro lado, fuesen unidades bien equipadas. Según el general Martínez Cabrera "eran más bien grupos de hombres fuertes y bien cuidados que batallones en el sentido de esta frase". Muchos habían sido formados en las fechas inmediatamente anteriores mediante el agrupamiento de compañías independientes.

Las bajas fueron numerosas, especialmente entre los soldados republicanos. La cifra oficial fue de 4.500, un millar de las cuales fueron muertos. (10) La inexistencia de un adecuado servicio médico (sin hospitales de campaña, sin ambulancias ni reserva de medicamentos) ocasionó el agravamiento de muchas heridas y la proliferación de enfermedades entre los combatientes vascos. Tal fue la sangría, que en pleno transcurso de la batalla, las autoridades vascas movilizaron las quintas de 1931 y 1936 con objeto de reemplazar las bajas. La magnitud exacta de las pérdidas la podemos comprobar al comparar las cifras totales de bajas del Cuerpo de Ejército vasco desde el inicio de la Guerra. Así, en el mes de diciembre fueron 6.182, 140 más que en los más de cuatro meses anteriores (un 300% de incremento sobre la media mensual). En concreto, el porcentaje de bajas mortales en este mes fue del 16´7% frente al 8´1% de los precedentes. Estas enormes pérdidas explican la evolución del Orden de Batalla de este Cuerpo de Ejército, que a finales de diciembre presentaba una disminución de los batallones existentes y un aumento de los que estaban en organización.

No existen datos oficiales de las bajas nacionales durante toda la ofensiva. Las de la defensa de Villarreal fueron de 31 muertos y 224 heridos (un tercio de los efectivos), de los que unos 150 se produjeron durante los primeros días. En estos, las bajas sufridas a lo largo de todo el frente alavés fueron de 7 muertos y 149 heridos. Posteriormente, la columna de Alonso Vega registró la pérdida de 133 hombres, 28 de ellos muertos, durante la noche que rompió el cerco republicano sobre Villarreal.

La falta de preparación militar de todos los mandos, la improvisada formación de los batallones, su nula capacidad de maniobra ofensiva, la falta de coordinación y enlaces entre las unidades de combate y las de apoyo, y de todas estas con sus mandos superiores eran las características que habían salido a la luz entre las tropas del Cuerpo de Ejército vasco con motivo de esta ofensiva. Las autoridades vascas reconocían tras la misma que no creían en el posible éxito de sus fuerzas ante una defensa obstinada por parte enemiga. Se necesitaba algo más que el valor derrochado por los milicianos y una abundancia de munición que, a 14 de diciembre, había supuesto para el pueblo de Villarreal 2.600 impactos de artillería pesada, además de los morterazos y los once bombardeos de aviación.

Esta experiencia supuso para Aguirre aceptar el hecho de que el "Ejército de Euzkadi" no podría depender sólo de sí mismo en el futuro. Era imprescindible su cooperación con cántabros y asturianos, tal y como se demostraría con motivo de la futura ofensiva final sobre Vizcaya. Para el Ejército Nacional, el ataque supuso unos día iniciales de angustia ante el riesgo que suponía para su frente vasco. Pero la celeridad con que fue controlada la situación disipó los temores y apenas fueron necesarios el envío de unidades de refuerzo de otros frentes. La ineficacia republicana provocó una infravaloración de las tropas vascas por parte de los mandos nacionales que les supondría un amarga sorpresa en abril del 37.

 

Notas

(1) Fue publicado el 7 de octubre de 1936 en La Gaceta de Madrid, nº 281.

(2) La composición exacta de las columnas era esta:

(3) En concreto, al mando del teniente coronel Iglesias, la localidad de Villarreal estaba defendida por un total de 638 hombres (351 infantes en sendas compañías de Flandes y San Marcial y una sección de ametralladoras, la 5ª Compañía del Requeté Alavés con 149 voluntarios y los 138 artilleros de la 10ª batería del 2º Regimiento de Artillería de Montaña) con cuatro piezas de 105 mm de montaña. Diversas fortificaciones de campaña y un blindados bloqueaban las tres carreteras de acceso.

(4) La aviación republicana estaba formada por dos escuadrillas de I-15 Chatos (una rusa, parece ser que con alguna mujer entre sus pilotos  y la otra española, liderada por Felipe del Río) y unos siete cazas británicos Bristol Bulldog (con algún piloto inglés), estacionados todos en el aeropuerto de Lamiaco, a un kilómetro de Las Arenas. En el de Sondica se encontraban los escasos e inoperantes bombarderos.

(5) Al sector de Gopegui fueron dos compañías y media sección de ametralladoras de Bailén, y un escuadrón de España. Al de Ulibarri-Gamboa una compañía de Bailén, dos secciones y media sección de ametralladoras de Flandes, un escuadrón de España y una batería de montaña. A Villarreal llegaron dos secciones de Flandes (reemplazos del 31 recién incorporados) y un centenar de soldados del 8º Escuadrón de España, desmontados. Por la noche, dos blindados descargaron municiones.

(6) Las unidades de Alonso Vega eran cuatro compañías de fusileros y una de ametralladoras de Flandes, la 8ª Compañía del Requeté Alavés, la 2ª Centuria de FE-JONS de Álava, más una batería de montaña. Las demás unidades concentradas fueron un batallón de De la Victoria, una compañía de Bailén y una batería del 11º Regimiento de Artillería.

(7) Esta columna estaba formada por cuatro compañías de fusileros y una de ametralladoras de Flandes, el 6º/San Marcial (con tres compañías de fusileros y una de ametralladoras), la 8ª Compañía del Requeté Alavés, la 2ª Centuria de FE-JONS de Álava y una batería de montaña. Romper el cerco de Villarreal le causó a esta columna 133 bajas, 28 de ellas muertos.

(8) Formaban esta columna 530 hombres divididos en tres compañías de fusileros y una sección de artillería de montaña.

(9) Finalizados los combates, la reorganización de las tropas del coronel Alonso Vega dejó los cuatro sectores de la siguiente forma: el de Murguía con 847 hombres; el de Gopegui con 1.558; el de Villarreal subdividido en tres columnas de 1.527, 414 y 1.120 hombres respectivamente; y el de Ulibarri-Gamboa con dos columnas de 480 y 530 soldados. En total eran 6.476 hombres.

(10) Como ejemplo, el batallón nº8 Rusia pasó de 795 hombres el 5 de diciembre a 550 el día 14, el nº14 Araba sufrió 126 bajas (26 de las cuales muertos) en los primeros días de combates, y el nº16 Gordexola tuvo 192 bajas en su bautismo de fuego.

 

Bibliografía específica

 

Véase también

Aproximación a la génesis y formación del «Ejército de Euzkadi», julio 1936 - mayo 1937
Estudio sobre las fuerzas milicianas que defendieron Guipúzcoa y Vizcaya y que se acabaron transformando en el cuerpo de ejército vasco.

 

Enlace recomendado

La batalla de Villarreal: 30 noviembre - 24 diciembre 1936
Artículo de Miguel Ángel Salgado publicado en la revista de estudios de la Fundación Sancho el Sabio, 2007.

 


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